martes, 14 de diciembre de 2010

A Enrique Morente...


Ese como, ese que, ese hasta cuando ese pulso ganado a la muerte ese Enrique Morente cantando.

Joaquín Sabina.

Esta vez el pulso lo ganó la muerte, pero porque no sabía con quién lo estaba jugando, de lo contrario, apuesto a que afloja el brazo y se deja vencer. Y apuesto también, a que hasta la misma muerte está llorando, como otro medio mundo.
Ayer, en la tarde más oscura y callada, se nos fue El Maestro. Y con él, miles de pedacitos de miles de personas. Yo soy una de ellas.

Descubrí a Morente cuando tenía sólo 12 años (y en mi casa no se escuchaba nada de flamenco), y desde entonces no se ha separado de mí. Ni lo hará.
No ha pasado un solo día de mi vida en el que no me acompañara. Crecí del brazo de su voz y acompasada por sus ritmos. Bebí de su fuente y la de sus maestros. Me alimenté de su búsqueda (siempre insaciable) de nuevos caminos. Expresé lo que yo no era capaz a través de sus manos y de esos quejíos que desgarran el aire.
Leí con él. Soñé su Alhambra, que ahora también es mía. Me sumergió en lo más jondo del flamenco abriéndome el abanico de los palos que se habían olvidado y al mismo tiempo me presentó a Pat Metheny, Leonard Cohen, Lagartija Nick y un sinfín de artistas y ritmos para mí desconocidos.

Y lo más importante y por lo que hoy estoy escribiendo, me pellizcó el alma y lo seguirá haciendo. Eso sólo lo consiguen los GENIOS, como él.

Por eso hoy nos quedamos un poquito más solos, un poquito huérfanos. Pero aunque duela hasta el aliento y las lágrimas sigan empeñándose en salir, tenemos el gran consuelo, de que su voz, La Voz Libre, seguirá rondando los corazones y los oídos de todos lo que hoy le echamos de menos.

Porque nadie muere si no se le olvida.

GRACIAS MORENTE.
ETERNO, MAESTRO.








domingo, 31 de octubre de 2010

Día de muertos





La tradición prehispánica de la celebración de día de muertos es todo un acontecimiento en México. Está conformada por una amplia variedad de festividades y rituales en gran parte del país. En plazas, parques, oficinas y casas, en todos los niveles y estratos sociales, se elaboran altares con el clásico papel picado, las flores y las ofrendas de muertos. La celebración, considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se realiza los días 1 y 2 de noviembre, y recuerda a los niños y parientes fallecidos, respectivamente.

La creencia supone que los muertos se convierten en espíritus que habitan en Mictlán, tierra de los muertos, y que esperan el reencuentro con sus familiares. Ocasión llena de alegría, donde no hay lugar para el llanto y donde los anfitriones ofrecen la mejor comida que deleitaba a sus difuntos en una convivencia entre vivos y “muertos”.

Duelos poéticos por día de muertos

En las festividades es común escuchar los concursos para las “calaveritas”, especies de rimas en forma de epitafios donde la muerte juega entre los vivos a llevárselos a la tumba. Estas rimas muchas veces van dirigidas a políticas o personajes públicos donde se satiriza, en relación con la muerte, lo que el personaje hace en vida. De igual forma, se crean las calaveritas de dulce con azúcar, chocolate o amaranto además de otros elementos alusivos a la muerte, entre ellos la famosa imagen de La Catrina, muchas veces con los nombres de las personas a las que va dirigida.

El pan de muertos es un platillo típico de la ocasión. Este pan dulce horneado en forma de huesos o cráneos y espolvoreado con azúcar, se ofrece tradicionalmente acompañando la comida o como parte de las ofrendas a los muertos.

La flor de Cempaxóchitl o Cempasúchil es otro de los símbolos de la festividad. Adorna panteones y ofrendas, con su llamativo color que guía a los visitantes del más allá a través de la oscuridad.

Altares del día de muertos en las casas

Los altares de día de muertos se crean en el interior de las casas en memoria de los muertos de la familia. Junto a los retratos de los difuntos se les coloca su comida favorita, entre el pan de muertos, las flores, su vaso de agua, café o tequila y las veladoras que alumbran su camino. Incluso se adorna con juguetes para las almas de los niños que regresan en ese día.

En Ciudad Universitaria y en el Zócalo capitalino, en la Ciudad de México, se establecen y exponen enormes ofrendas elaboradas por estudiantes y artistas que plasman temas alusivos a la vida política y cultural del país.

En Janitzio, Michoacán, se celebra otra de las festividades tradicionales. Los habitantes de Páztcuaro se acercan a la isla en canoas, en la noche del primero, para dar inicio a la festividad; con la caza del pato sagrado que se ofrece a los que esperan a sus difuntos en la madrugada del día 2.

Visita al panteón familiar

En Pomuch, Campeche, la tradición marca la visita al panteón para limpiar, brocha en mano, cada uno de los osarios y desempolvar los restos de sus familiares. Al final acomodan nuevamente los restos sobre un mantel o servilleta, nuevo o recien lavado, bordado con brillantes colores en forma de flores, dibujos o incluso las iniciales del occiso. Esta impresionante tradición es una obligación de los familiares del muerto para garantizar que regresen a la tierra a disfrutar lo que les gustaba en vida.

En San Andrés Mixquic, en la Delegación Tláhuac del Distrito Federal, la confección de altares y preparación de ofrendas es una celebración de todo el pueblo. La noche del día 2 todos se reúnen en el cementerio adornado con flores y veladoras encendidas en oración por las almas de los difuntos.

La llorona en la celebración del día de muertos

En Xochimilco, bello lugar al sur de la ciudad, donde entre canales, trajineras y el colorido de las flores se ofrece la tradicional Gran Ofrenda del Día de Muertos. En las noches se realiza la representación de “La llorona”, un espectáculo de luz y sonido sobre la madre que llora eternamente la muerte de sus hijos asesinados, con un lamento que sobrecoge y llena de espanto -“Ay, mis hijos”.


domingo, 30 de mayo de 2010

Los Sueños Buenos y Malos

[...]Y decía el viejo Antonio, que hay veces que soñamos que somos mejores, y que en ese sueño uno sentía que no era perfecto, pero que era mejor que el minuto anterior, que el día anterior, que el año anterior.
Sentía que era más completo porque era grande su escucha para el otro, porque era buena la palabra que le regalaba el otro, porque sabía que no estaba solo y que había otro que luchaba por él en lo mismo, en el mismo lugar, en esa tierra que estaba siendo soñada en el sueño pero existía, como quiera, fuera de él.
Y antes de irse, me dijo, que el sueño de ser mejores es en muchas veces, como la música que estaba escuchando. Y se fue.
Quiénes me entendieron, saben que lo que estaba escuchando era un Son Jarocho.

Los Cojolites- Los sueños buenos y malos


sábado, 27 de marzo de 2010

El Coco

Uno de los sones más bonitos...



miércoles, 23 de diciembre de 2009

Hoy

Hoy me he despertado con ganas de luz tenue, de acompasarme con mi realidad y bailar con ella algún bolero de Manzanero…Aunque no se si podré, porque últimamente está desconocida y no se qué pasos sigue...

viernes, 13 de noviembre de 2009

Tocando tierra




Hoy quiero compartirles este programa. Porque hoy quiero hablar del folclore.
El folclore como una bandada de cantos, cuentos, enseñanzas, sonidos que migran y viajan a lo largo del tiempo y del espacio, que se alimentan de los frutos de los distintos lugares, que se estancan en un lugar para volver a su origen enriquecidos y con nuevos tintes y colores.
El folclore como aquel señor que se jacta de ser anciano y muchas veces de ser ignorado por los más jóvenes.
Y para mí, y en especial hablando de música, el folclore es clave en el entendimiento de los pueblos y la base del porvenir. Porque no hay renovación posible sin haber pasado antes por la tradición. Porque para llegar al cielo, primero, toquemos tierra.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

15 DÍAS




15 días llenos de color. El verde, el blanco y el rojo de la bandera. El naranja, azul rey y el rosa mexicano en rebozos, vestidos pero también en paredes, ventanas y puertas. El color lo envuelve todo, hasta lo estático, llenándolo de vida y movimiento.

El remolino de casas, tiendas y edificios, enredados como una serpiente emplumada de vivos tonos. Las calles, onduladas, revestidas de un halo cálido. Como sus colores, como su gente.

15 días llenos de sonidos. Trompeta, violín y guitarrón tejiendo la bandera y acompañando al mes patrio. La marimba envolviéndote con las nubes que dejan sus notas. La tambora tronando en tu cuerpo haciendo inevitable que se muevan tus pies. La cumbia, con su acordeón y su cadencia pausada y sensual.

Cláxones impacientes, silbatos autoritarios y motores se mezclan con dulces palabras y voces atentas en la ciudad. Silencio Imponente en Teotihuacán y Tula. Un silencio que viene del más allá y que sólo lo rompe, de vez en cuando, el suave eco de una ocarina.

15 días llenos de sabores. Aguas de frutas, sabrosas como sus nombres. Tequila y pulque que calientan tu garganta. Lo salado de la escarcha de las micheladas o clamatos. Lo picoso del chile manzano o habanero. Lo dulce del Chipotle. O de las gelatinas. Lo agrio de la crema. Lo amargo del limón.

Combinaciones explosivas. Fruta+chile. Chocolate+chile. Nieves de rosa o de mezcal, si quieres enfriar tu garganta. Contradicciones que se juntan para poder subsistir.

15 días llenos de olores. Hay olores modernos y mecánicos en la ciudad. Humos, máquinas, progresos. Pero eso no quita para que en un instante, un fragmento de la calle se impregne de olor a flores, frutas, especias o animales. Cómo si ese lugar nunca se hubiera convertido en una gran ciudad. Cómo si por él no hubiera pasado el tiempo.

Olor a lo puro, a lo virgen, a lo humano.

15 días llenos de texturas. El áspero tejido del sombrero de palma, lo rugoso de la tortilla de maíz, lo suave de las frutas, lo rígido de las piedras de las pirámides, el tacto ancestral del barro, hecho por manos intactas. El de las ropas, fabricadas con hilos empapados de tradición. La trama de lo que nunca muere. De la esencia.

15 días en México disfrutando, precisamente, de esa esencia. 15 días dándole vida y gusto a los sentidos. 15 días viviendo lo que vale la pena vivir.