
Ese como, ese que, ese hasta cuando ese pulso ganado a la muerte ese Enrique Morente cantando.


La tradición prehispánica de la celebración de día de muertos es todo un acontecimiento en México. Está conformada por una amplia variedad de festividades y rituales en gran parte del país. En plazas, parques, oficinas y casas, en todos los niveles y estratos sociales, se elaboran altares con el clásico papel picado, las flores y las ofrendas de muertos. La celebración, considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se realiza los días 1 y 2 de noviembre, y recuerda a los niños y parientes fallecidos, respectivamente.
La creencia supone que los muertos se convierten en espíritus que habitan en Mictlán, tierra de los muertos, y que esperan el reencuentro con sus familiares. Ocasión llena de alegría, donde no hay lugar para el llanto y donde los anfitriones ofrecen la mejor comida que deleitaba a sus difuntos en una convivencia entre vivos y “muertos”.
En las festividades es común escuchar los concursos para las “calaveritas”, especies de rimas en forma de epitafios donde la muerte juega entre los vivos a llevárselos a la tumba. Estas rimas muchas veces van dirigidas a políticas o personajes públicos donde se satiriza, en relación con la muerte, lo que el personaje hace en vida. De igual forma, se crean las calaveritas de dulce con azúcar, chocolate o amaranto además de otros elementos alusivos a la muerte, entre ellos la famosa imagen de La Catrina, muchas veces con los nombres de las personas a las que va dirigida.
El pan de muertos es un platillo típico de la ocasión. Este pan dulce horneado en forma de huesos o cráneos y espolvoreado con azúcar, se ofrece tradicionalmente acompañando la comida o como parte de las ofrendas a los muertos.
La flor de Cempaxóchitl o Cempasúchil es otro de los símbolos de la festividad. Adorna panteones y ofrendas, con su llamativo color que guía a los visitantes del más allá a través de la oscuridad.
Los altares de día de muertos se crean en el interior de las casas en memoria de los muertos de la familia. Junto a los retratos de los difuntos se les coloca su comida favorita, entre el pan de muertos, las flores, su vaso de agua, café o tequila y las veladoras que alumbran su camino. Incluso se adorna con juguetes para las almas de los niños que regresan en ese día.
En Ciudad Universitaria y en el Zócalo capitalino, en la Ciudad de México, se establecen y exponen enormes ofrendas elaboradas por estudiantes y artistas que plasman temas alusivos a la vida política y cultural del país.
En Janitzio, Michoacán, se celebra otra de las festividades tradicionales. Los habitantes de Páztcuaro se acercan a la isla en canoas, en la noche del primero, para dar inicio a la festividad; con la caza del pato sagrado que se ofrece a los que esperan a sus difuntos en la madrugada del día 2.
En Pomuch, Campeche, la tradición marca la visita al panteón para limpiar, brocha en mano, cada uno de los osarios y desempolvar los restos de sus familiares. Al final acomodan nuevamente los restos sobre un mantel o servilleta, nuevo o recien lavado, bordado con brillantes colores en forma de flores, dibujos o incluso las iniciales del occiso. Esta impresionante tradición es una obligación de los familiares del muerto para garantizar que regresen a la tierra a disfrutar lo que les gustaba en vida.
En San Andrés Mixquic, en la Delegación Tláhuac del Distrito Federal, la confección de altares y preparación de ofrendas es una celebración de todo el pueblo. La noche del día 2 todos se reúnen en el cementerio adornado con flores y veladoras encendidas en oración por las almas de los difuntos.
En Xochimilco, bello lugar al sur de la ciudad, donde entre canales, trajineras y el colorido de las flores se ofrece la tradicional Gran Ofrenda del Día de Muertos. En las noches se realiza la representación de “La llorona”, un espectáculo de luz y sonido sobre la madre que llora eternamente la muerte de sus hijos asesinados, con un lamento que sobrecoge y llena de espanto -“Ay, mis hijos”.
Hoy me he despertado con ganas de luz tenue, de acompasarme con mi realidad y bailar con ella algún bolero de Manzanero…Aunque no se si podré, porque últimamente está desconocida y no se qué pasos sigue...

15 días llenos de color. El verde, el blanco y el rojo de la bandera. El naranja, azul rey y el rosa mexicano en rebozos, vestidos pero también en paredes, ventanas y puertas. El color lo envuelve todo, hasta lo estático, llenándolo de vida y movimiento.
El remolino de casas, tiendas y edificios, enredados como una serpiente emplumada de vivos tonos. Las calles, onduladas, revestidas de un halo cálido. Como sus colores, como su gente.
15 días llenos de sonidos. Trompeta, violín y guitarrón tejiendo la bandera y acompañando al mes patrio. La marimba envolviéndote con las nubes que dejan sus notas. La tambora tronando en tu cuerpo haciendo inevitable que se muevan tus pies. La cumbia, con su acordeón y su cadencia pausada y sensual.
Cláxones impacientes, silbatos autoritarios y motores se mezclan con dulces palabras y voces atentas en la ciudad. Silencio Imponente en Teotihuacán y Tula. Un silencio que viene del más allá y que sólo lo rompe, de vez en cuando, el suave eco de una ocarina.
15 días llenos de sabores. Aguas de frutas, sabrosas como sus nombres. Tequila y pulque que calientan tu garganta. Lo salado de la escarcha de las micheladas o clamatos. Lo picoso del chile manzano o habanero. Lo dulce del Chipotle. O de las gelatinas. Lo agrio de la crema. Lo amargo del limón.
Combinaciones explosivas. Fruta+chile. Chocolate+chile. Nieves de rosa o de mezcal, si quieres enfriar tu garganta. Contradicciones que se juntan para poder subsistir.
15 días llenos de olores. Hay olores modernos y mecánicos en la ciudad. Humos, máquinas, progresos. Pero eso no quita para que en un instante, un fragmento de la calle se impregne de olor a flores, frutas, especias o animales. Cómo si ese lugar nunca se hubiera convertido en una gran ciudad. Cómo si por él no hubiera pasado el tiempo.
Olor a lo puro, a lo virgen, a lo humano.
15 días llenos de texturas. El áspero tejido del sombrero de palma, lo rugoso de la tortilla de maíz, lo suave de las frutas, lo rígido de las piedras de las pirámides, el tacto ancestral del barro, hecho por manos intactas. El de las ropas, fabricadas con hilos empapados de tradición. La trama de lo que nunca muere. De la esencia.
15 días en México disfrutando, precisamente, de esa esencia. 15 días dándole vida y gusto a los sentidos. 15 días viviendo lo que vale la pena vivir.