
Ese como, ese que, ese hasta cuando ese pulso ganado a la muerte ese Enrique Morente cantando.
Joaquín Sabina.
Esta vez el pulso lo ganó la muerte, pero porque no sabía con quién lo estaba jugando, de lo contrario, apuesto a que afloja el brazo y se deja vencer. Y apuesto también, a que hasta la misma muerte está llorando, como otro medio mundo.
Ayer, en la tarde más oscura y callada, se nos fue El Maestro. Y con él, miles de pedacitos de miles de personas. Yo soy una de ellas.
Descubrí a Morente cuando tenía sólo 12 años (y en mi casa no se escuchaba nada de flamenco), y desde entonces no se ha separado de mí. Ni lo hará.
No ha pasado un solo día de mi vida en el que no me acompañara. Crecí del brazo de su voz y acompasada por sus ritmos. Bebí de su fuente y la de sus maestros. Me alimenté de su búsqueda (siempre insaciable) de nuevos caminos. Expresé lo que yo no era capaz a través de sus manos y de esos quejíos que desgarran el aire.
Leí con él. Soñé su Alhambra, que ahora también es mía. Me sumergió en lo más jondo del flamenco abriéndome el abanico de los palos que se habían olvidado y al mismo tiempo me presentó a Pat Metheny, Leonard Cohen, Lagartija Nick y un sinfín de artistas y ritmos para mí desconocidos.
Y lo más importante y por lo que hoy estoy escribiendo, me pellizcó el alma y lo seguirá haciendo. Eso sólo lo consiguen los GENIOS, como él.
Por eso hoy nos quedamos un poquito más solos, un poquito huérfanos. Pero aunque duela hasta el aliento y las lágrimas sigan empeñándose en salir, tenemos el gran consuelo, de que su voz, La Voz Libre, seguirá rondando los corazones y los oídos de todos lo que hoy le echamos de menos.
Porque nadie muere si no se le olvida.
GRACIAS MORENTE.
ETERNO, MAESTRO.
